Empadronamiento del niño dios en la ciudad de los hombres

“Se trata de una escena totalmente inexistente para la tradición, más propia de la cámara fotográfica de un documentalista o un reportero. Podría haberse quedado Brueghel en la previsible postal navideña: un burgo nevado con su oportuno estanque para deslizarse, unos campesinos que hacen la matanza del cerdo y unas gallinas que picotean lo que pueden, los niños jugando según mandan los cánones invernales, el trasiego de la gente que a pesar del frío y la pobreza aún tienen sus mofletes colorados. Pero el pintor prefiere enseñarnos la retaguardia de esta felicitación de año nuevo, el recuento de individuos que configuran la población estadística de Belén.

¿Por qué cometer tantas incongruencias en un solo cuadro? ¿Por qué llamarle Belén a una aldea seguramente ubicada en el paisaje de Brabante, cerca de Flandes? ¿Por qué obligar al asno, al buey, a José el carpintero y a la mismísima Virgen María, quien sabe si también al Niño Jesús escondido bajo su pecho congelado, a cumplir con el ritual burocrático del censo? ¿No es acaso la Navidad ese estado de excepción donde se desdibujan los finos límites entre la violencia del Estado de derecho y los abusos gastronómicos, entre la contumacia de la administración pública y la paz y el amor de los ciudadanos? ¿Es que en 1566 no se indultaba a los presos por Nochebuena?

Siendo inocentes o combativos —cómo no ser del todo las dos cosas a la vez— diríamos que Brueghel comprendía a su manera que estaba tuneando el relato bíblico y pasándose por el forro del pincel los evangelios, las cronologías e, incluso, el sentido común navideño. Siendo más combativos que inocentes —por qué no meterse en ciertos problemas— diríamos que incluso Dios necesita su correspondiente partida de nacimiento, que si las turbas hacen cola en el Juicio Final para presentar los papeles de extranjería, para ser admitidos en los nuevos territorios que vendrán, no resulta estrafalario que Cristo deba personarse ante un par de funcionarios durante sus primeros días en este mundo”.

Valentín Romá. La bolsa o la nada. El Estado Mental.
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