Un niño en el parlamento

Carolina Bescansa, diputada de Podemos, se presentó con su hijo vestido de blanco inmaculado en el Parlamento en la primera sesión del Congreso tras las elecciones. La cosa ha sido ampliamente comentada por los que han denunciado el espectáculo pueril en la cámara (y otra vez los piojos, bichejo de querencia infantil, hablaremos de ellos más adelante) y los que se lo han tomado como una reivindicación de la conciliación laboral y los derechos de las madres.

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¿Lo nuevo que no acaba de nacer y por fin nació? // Pablo e Íñigo con el bebé de Bescansa. Enero 2015.

La imagen puede parecer sorprendente, inoportuna, no obstante las campañas electorales de todo signo político o ideología están pobladas de niños. Recuerda al uso que de ellos se hace en el ámbito mercantil. Pero las resonancias de la figura del niño y los sentidos de la infancia en la política son más densos e intensos quizá.

Los del partido que se presentan como mayores, hablaron de “Un país en serio” pero se recordará a su cabeza de lista melodramatizando sobre la niña de la crisis española, en otra campaña electoral. El mayor partido de la oposición alardeaba de experiencia y prometía gobierno para la mayoría. Ambos partidos se presentaban como portadores de una experiencia madura y experta (una madurez acaso conseguida a base de articular nuestra venida a menos) que pretendían hacer valer frente a la inexperiencia que acusaron en sus adversarios, que aunque pequeños llegados por abajo, afirmaban mayor altitud moral y ética.

Nadie quiere ser tratado como un niño. Todos quieren acercarse a él. Para todos estos políticos es muy importante presentarse como defensores de los más débiles, de los más desposeídos. Necesitan su voto, lo intercambian por una ilusión no muy diferente a la de los niños y al mismo tiempo completamente distinta a ella, capturándola para unos sueños o deseos que no son de la infancia.

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Dibujo de Manuel Alcorno para la ópera El crepúsculo del Ladrillo. 

Mientas unos se sienten con la responsabilidad de los ‘mayores’, los hay también quienes se atribuyen el papel de ‘menores’ desde la idea de ignorancia, de incapacidad o de impotencia, incorporando no sólo el deseo o la ilusión, acaso también el miedo que pensamos caracteriza a los niños y que nos hace buscar a otros que nos guíen y nos protejan, que nos ofrezcan buenas explicaciones del mundo, expertos que se dediquen a lo que pensamos no podemos hacer, padres o jefes que organizen lo que pensamos no podemos organizar, fabricantes que fabriquen las cosas que necesitamos (las necesidades mismas, han de ser producidas). Todo ello desarrollando una tolerancia hacia los abusos que vienen de los que nos tutelan y se supone nos protegen, volviéndolos incluso razonables, comprensibles. Eficacia del dominador, pereza y mansedumbre del dominado, amor a las cadenas… ¿cómo hacerse cargo, incluso frente a la cosa más pequeña y sencilla, de esta subordinación al poder mayor que nos damos a nosotros mismos? Esta tolerancia a la servidumbre, esta aprobación de la obdeciencia, efectivamente nos convertiría en gran medida, como tantos analistas y ficciones han determinado, en una sociedad pueril, inmadura, infantiloide. Entendemos que cualquier defensa de la infancia pueda sonar sospechosa en un momento en que las máquinas de infantilización funcionan a todo trapo.

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Por un proceso constituyente y reconstituyente. Miguel Brieva

El ilustrador Miguel Brieva ha transitado en sus ilustraciones de diversas maneras los caminos de metonimización entre niño y adulto, entre infancia y política [*]. Daría para una tesis entera. Hace unos años fue el encargado de dar forma a una campaña por la “revolución democrática” de una plataforma a la que aún le quedaba por cumplir con algunos otros avatares antes de conformar, junto a otras fuerzas,  la candidatura Ahora Madrid. Esta plataforma ciudadana editó en 2014 un folleto llamado Carta por la Democracia [*] ilustrado en su portada con un congreso de los diputados tomado por la gente.

La avanzadilla o vanguardia de esta masa que irrumpe en el hemiciclo está compuesta de niños que juegan a la comba o que asustan con un molinillo a los pocos políticos que aún permanecen sentados en sus escaños, verdaderamente temerosos de la entrada de ‘la gente’. Los ciudadanos marchan en un número masivo. Su color es blanco, como el de los políticos (sólo las estructuras tienen color). Muestran pancartas: “EDUCACIÓN”, “VIVIENDA”, “SANIDAD’ y una más breve; “SÍ”. Vemos una guitarra y unos globos rojos, y al fondo una ciudad que no parece en ruinas, sino pacíficamente urbanizada.

Nótese que, según la estructura habitual del Congreso de los Diputados, la gente irrumpiría por el centro. Realmente esa es la sección dedicada a las coaliciones, convergencias o grupos mixtos (de carácter nacionalista en algunos casos), lo que quizá podría indicar, y a pesar de la espectacular irrupción de las masas en la escena, cierta ambigüedad a la hora de imaginar una posición en el tablero, además de aludir a una suerte de clase media, concernida por el deterioro del estado del bienestar. Sobre la colorida alfombra de ese congreso, una niña contempla un sobre: es la carta misma que presenta el folletín, que en otra ocasión, siendo portada por una masa abigarrada de gente (niñas y barbudos con camisetas de soles) que avanzan en la misma dirección,  aparecerá siendo introducida en una urna rebrotada. El debate de la política, de la mano de todos estos niños, o estos adultos que mentan a la infancia, nos dirige a votar.

Portada y página interior de la Carta por la Democracia del Movimiento por la Democracia. Miguel Brieva.

Si volvemos a la Carta, en otra de las páginas se producen otros juegos de escalas. Una imagen, ampliamente replicada en las redes, muestra una ciudad que no podemos reconocer como Madrid, pues por su armonizado urbanismo parecería más Berlín o París. Hay un río sobre el que circulan barquitos, y un buen número de edificios que se pueden reconocer como institucionales. Sobre esta ciudad camina un gigante que es un niño o un niño que es un gigante, una extraña combinación de fuerzas. Este niño que tiene un pie en el río y otro encima de un edificio lleva un bote de pintura en una mano y un pincel chorreante en la otra. En el bote de pintura puede leerse “Pintura LA RAZÓN”, y en otra página descubrimos, una ciudad mucho más futurista aún (con metros aéreos, modernos rascacielos…) en cuyos edificios este niño habría dejado algunos mensajes: “democracia”, “igualdad”, “dignidad”, “justicia” y “libertad”, palabras que resultan extraños al ser consignadas por un niño.

Ilustraciones de la Carta por la Democracia de Miguel Brieva.


Con Benjamin puede aprenderse que la reducción de los objetos, del cuerpo, nos trae la amenaza de la desaparición, pero también la idea de una verdad pura e irreductible, que resiste, por muy pequeña que parezca. Del agigantamiento se puede decir algo parecido. Alba Rico dice en Leer con niños que “amamos lo grande, nos admira o da risa, porque siempre es más pequeño que el todo”, y al contrario: “amamos lo pequeño, nos da ternura o nos parece hilarante, porque siempre es más grande que la nada”. Lo grande tiende a lo inconmensurable, por eso tiene algo de amenaza; lo pequeño a la desaparición, por eso a veces nos agrada o nos da pena, pero sólo se da esta experimentación cuando nos comparamos con ellos. Ellos dos juntos, el mayor y el menudo (El gordo y el flaco, Frankestein y la niña, el elefante y el ratón, el Quijote y Sancho) componen lo que Alba Rico llama “maravillosa desigualdad”, limitados por arriba y por abajo, “salvados por los pelos”.

Pero en la escena de Brieva lo que tenemos es un agrandamiento de lo pequeño, no una correlación, no una “maravillosa desigualdad” sino una yuxtaposición de las dos ideas. Quizá pueda entenderse como una manera simple de representar la potencia de lo pequeño (“Somos mayores, no los necesitamos ¿Vamos juntas?” decía uno de los ‘tuits’ de la cuenta oficial del ‘movimiento’). En el folleto hay un texto sobre esta escena que dice “Un acuerdo basado en el reconocimiento de la capacidad de la sociedad para organizarse, crear instituciones y gobernarse”, lo que no dejaría dudas de la voluntad de ruptura respecto de la política de los partidos convencionales, al defender, mediante este agigantamiento, la legitimidad de los de abajo.

Aunque el mismo proceso pueda darse a la inversa y lo infantil valga también para menospreciar a los que se creen mayores:

Son como niños.

Pero en la carta del Movimiento por la Democracia hay más gigantes: una mujer adulta de tamaño descomunal, se asoma a un bloque abierto en canal como el 13 Rue del Percebe para entregar a una abuelita una bolsa con frutas o verduras. Preciado hizo mención alguna vez a este miedo a las mujeres gigantas [*] En ese salón un hombre friega los platos; un joven con sudadera de capucha da el biberón a un bebé; abajo tocan el violín; al fondo una ciudad igualmente desconflictuada (la única escena a la contra serían la de las pintadas del niño): pasos de cebra, ni un sólo coche, parques cuidados, columpios poblados de niños a las puertas de un colegio, incluso una huerta. Quizá aquel niño gigante no es una especie de superhéroe de este movimiento sino que, teniendo en cuenta esa otra giganta madre-mujer, tal vez con ellos Brieva habría tratado de subrayar elementos significativos de esta nueva política: los niños gigantes indicarían el poder de los de abajo y las mujeres gigantes su feminismo.

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Detalle del anuncio de Ganyem y fotografía del mitin de Manuela Carmena y Ada Colau en la Plaza del Reina Sofía.

El vídeo de presentación de la candidatura Guanyem [*], consistió también en una niña que jugaba con un globo rojo muy cerca de la alcaldía de Barcelona. En un mitin con la candidata de Ahora Madrid, Ada Colau se defendía de la acusación de inexperiencia afirmando que efectivamente estas candidaturas no tenían experiencia en sobresueldos, pero sí “en mujeres que llegan a fin de mes”. En mayo de 2015, un diputado del PP le decía a Teresa Rodríguez, presidenta de Podemos Andalucía “Cállate bonita, no tienes ni puta idea”. En contadas ocasiones Manuela Carmena, la súper-abuela pro-movimientos sociales de la candidatura ciudadana de Madrid, ha mencionado frecuentemente el mito de David contra Goliat para manifestar su confianza en los pequeños. Fue propietaria de una tienda muy chic en Malasaña que vendía ropa infantil y juguetes de tela confeccionada en prisiones de mujeres [*]. Presentada como un proyecto de “reinserción social”, quizá este pequeño negocio que revierte “en un sector de la sociedad marginado” y pueda dar cuenta de qué modo la llamada ‘economía social’ se encuentra plenamente integrada en el proceso de transformación elitista de la ciudad, aunque quién soy yo para calcular ese “valor añadido” y la importancia que pueda tener este trabajo para las mujeres presas que lo realizan.

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Osito confeccionado en la Cárcel de Mujeres para la tienda de Malasaña de Manuela Carmena.
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Los grandes abusan de los pequeños? Promovemos a los pequeños, la economía del pequeño. #Somosmuchosmás.

 

Podemos, por su cuenta, no ha dejado de recurrir, en su búsqueda de la deseada “hegemonía”, a muchas otras imágenes con niños y niñas para llamar a la ‘participación’, al tiempo que su estructura se jerarquizaba. En un tarjetón del partido morado difundido tras el 25 de marzo (tras el éxito inesperado en las elecciones europeas ) puede verse la escena del niño gigante que describimos anteriormente (parece que el mismo documento gráfico vehicula uno y otro impulso, el municipalista y el partidista) pero el texto que le acompaña es distinto: “Con ellos no pintabas nada. Contigo ahora podemos”, y le acompaña una nota que agradece “las ofertas de colaboración” pero añadiendo que “probablemente nos resulte difícil organizarnos desde ya contigo. Te pedimos un poco de paciencia”. Llamamos a la participación, pero si te pones en contacto para colaborar has de tener paciencia, no seas un niño impaciente.

Las imágenes que el partido puso en circulación son inquietantes, pues se trata de ‘niños antiguos’ (no al estilo de los “niños antiguos” de Christiane Rochefort) que juegan aún al aro o la rayuela (juego que apareció también en la propaganda de Marea Democracia), lo que nos lleva a pensar en un uso ambivalente de la infancia: la posibilidad de aludir a un proceso novedoso, a una participiación de los pequeños o los de abajo, pero emimbrada con la tradición.

Captura de pantalla 2016-01-19 a las 1.13.47Propaganda de Podemos, octubre 2014. Foto original a la izquierda de Alfred Eisenstaedt, Paris, 1963; y a la derecha de  Arthur Steel, New Castle, 1962.

Las crisis de todas clases (económicas, sociales, guerras…) de hecho alcanzan su representación más intensa por los efectos en los niños. Habría muchos ejemplos, pero se diría que los indicadores de pobreza, las condiciones de vida, el empobrecimiento, la destrucción o la violencia se supone se vuelven intolerables cuando se trata de niños [*]. Vehículos de expresión, pues, de las ruinas del presente, al tiempo que sugieren la posibilidad de otra cosa.

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Babybloc. Huelga general. Rafael SMP, 14-11-2012.
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Acción contra la Ley Mordaza en la escultura Niño de Antonio López de Atocha.

 

Pero este tipo de informes se manejan con la ‘crisis’ y la ‘gran recesión’ como una suerte de acontecimiento natural (como se supone es la infancia) con el cual tendríamos que batirnos a modo de desafío gubernamental, lo que no deja de ser una manera de plantear la cuestión bastante interesada y mezquina si tenemos en cuenta que la crisis no es tanto un accidente, sino que es también un negocio, una “estafa” como se decía en la calle, la forma mediante la cual se designa “aquello que se tiene la intención de reestructurar, así como se llama terroristas a aquellos a quienes uno se prepara para golpear”. Entonces se puede tomar, precisamente a los niños y jóvenes como las vidas instaladas en una suerte de ‘crisis permanente’, pues todo el rato se encuentran sometidos al remodelamiento y la reestructuración de su conducta para ajustarlos al papel que la sociedad ha previsto para ellos (serán también reprimidos según se adapten o no a esa empresa).

Podemos, los Ganemos, se refieren a una dimensión de la población que son cuantitativamente mayoría (los trabajadores, la gente) tomándose por David, y a su enemigo como a Goliat, pero podría ser, como dice Alba Rico, que fuera al revés: David ese 1% de privilegiados que se han hecho con el mecanismo (técnico) que derriba al torpe y entrañable gigante, agregado de todas las torpezas y minorías… Quien bajó a las plazas o anduvo por las calles sabe que fuimos el gigante monstruoso capaz de organizar su energía.

¿Es posible pensar que ‘los débiles’ puedan constituirse en mayoría electoral si esa maquinaria, o el sistema en general, está organizada justamente para limitar las posibilidades de que algo así pueda suceder? ¿Cuándo los grandes renunciaron a sus privilegios sobre los pequeños? ¿Es ingenuo, como sería ‘ingenuo’ el niño, confiar en ello? ¿Cómo se le puede oponer, inclusive desde la misma idea de juventud o infancia, una imagen distinta a la que se promueven las nuevas economías del emprendimiento y la creatividad, fascinadas con un retrato sumamente sesgado de eso que llaman “nueva juventud militante europea”? [*] Quizá, como dice Jorge Larrosa, el niño nunca es por lo que ponemos en él. Y antes que a un plan de reformas, el niño nos invita a una utopía.

Ya sabíamos que se mentaría la juventud, la infancia o al niño, para manifestar el derecho a que algo nuevo o distinto pueda surgir y crecer  No pocos artistas se han consagrado al niño precisamente para desentenderse de tal o cual normativización creadora: se acude a la infancia y a su breve memoria para desentenderse igualmente de las cuestiones que pudieran parecer demasiado viejas o pesadas para emprender el cambio; y nos reafirmamos también en la infancia, para manifestar cierto desinterés y espontaneidad, entusiasmo, libertad e incluso osadía, necesaria para batirse en un campo de batalla, restringido a unas formas de vida supuestamente maduras y mayores. Pero estas maniobras de la representación política sostenidas por la imagen del menor ignoran (y aunque nos resulten quizá más ‘simpáticas’) el hecho de que esta figura y sus potencias discute y sabotea muchas veces la propia lógica del gobernar.

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La chinoise. JLG

Todo esto que había comenzado un domingo bajo la forma de manifestación (nuestras vidas no son mercancías en manos de los políticos) había seguido con un poco de revuelta (Lo queremos todo, lo queremos ahora), y luego una inolvidable acampada (Todo el poder para las asambleas); toma la forma ahora de una elección. Los gestos que habían sido capaces de traer al mundo otro mundo, son reformulados y llamados a las urnas. Y es aquí donde perdemos un poco al niño, que quizá es para otra política, algo más contradictoria, algo más arriesgada, algo más poética como habrá tiempo de desarrollar. No obstante, aquellas personas que han organizado así la política de hoy aspiran a contar aún con la confianza de los de la acampada; los de la revuelta; los de la manifestación y con aplomo describen la situación actual como un paso ‘lógico’ en el acontecimiento. En un texto Enmanuel Rodríguez sugería que la idea de una sociedad resuelta en las nociones de ‘mayoría social’, ‘ciudadanía’ o incluso de ‘gente’ opaca el desajuste que caracteriza ‘lo social’: “el retorno –por imaginario que sea– al puré indiferenciado de las clases medias sólo permite, sólo puede permitir, un recambio de élites” [*].

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Calpurnio, 14-4-2015.

Quizá la abuelita que recoge la verdura de la giganta de Brieva se dispone a preparar esta papilla o puré en una urbe que ignora que la imagen de ciudadanía que acoge, en connivencia con esa otra idea de infancia tan desconflictuada, nada se parece al desajuste que de verdad la constituye. Un periodista ya lo advertía, las candidaturas ciudadanas tienen una habilidad sorprendente para hablar en tercera persona, para extender mediante la categoría de ‘gente’, cosas que sólo ellas piensan, dicen o hacen. Como con los niños, conoceríamos su ‘secreto’, sus necesidades, sus obligaciones, lo que en definitiva desea la gente, espera la gente… En la masa de ciudadanos que avanza hacia el Congreso del dibujo de Brieva hay pues algo inquietantemente homogéneo que denota quizá la pertenencia a una clase, cuya forma de vida se despliega en connivencia con la estructura que, cuando la empobrece, se ve a sí misma como dentro de un litigio moral entre buenos y malos y no advierte los fallos del sistema, algo que en las plazas parecía estar meridianamente claro.

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Hijo del sitema. H. Hurtado, Puerta del Sol, 24-5-2011.

De modo que se detestaría el mito de la ingenuidad infantil (que con poco acierto se declara como romántico) pero no hay capacidad de detectar cuando ese mismo mecanismo está en marcha a una escala mayor; cuando se habla de las personas, los ciudadanos o de gente con el ánimo de disponer de su voto. De manera general corremos cierto peligro en pensar que no se trata del sistema, sino de sus ‘operarios’ (los malos políticos que nos gobiernan); el problema visto así no sería la estructura, sino el modo en que es gestionada (chapuceramente, mafiosamente…) dando a entender que el sistema no es lo que falla sino la talla moral de los que lo organizan. El 20 de mayo del año 2011 Manuel Delgado intervenía en la Plaza de Catanlunya ocupada: “El ciudadanismo es la ideología que ha venido a administrar y atemperar los restos del izquierdismo de clase media, pero también de buena parte de lo que ha sobrevivido del movimiento obrero. El ciudadanismo se concreta en un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la explotación, la exclusión y el abuso no son factores estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente. El ciudadanismo no impugna el capitalismo, sino sus ‘excesos’ y su carencia de escrúpulos”. [*]

El Comité Invisible afirma en un epígrafe de A nuestros amigos, titulado “Nuestra única patria: la infancia” que en las ciudades está teniendo lugar un fino proceso de selección que distingue entre los que pueden vivir en ellas y los que no, y mucha gente está siendo expulsada de ese ‘paraíso por venir’ de huertos urbanos, centros sociales y fablabs proyectados por emprendedores que, al tiempo que analizan y denuncian la gentrificación, se diría son quizá sus mejores dinamizadores. Digamos que los dibujos de Brieva exponen algunos de estos ‘espejismos urbanos ciudadanos’ que estarían por pensarse en relación al movimiento material que se constituye y aspira llegar a gobernarnos, con nuestro permiso.

Alba Rico quiso recordar a los niños con los que leía Herodoto que a partir de él: “Todo relato es un relato de legitimación; los vencedores tienen que narrar su victoria y la tienen que narrar subvertida o volteada, como si fuera la victoria de la justicia, el triunfo de la razón, la superioridad del débil frente al fuerte […] Hasta tal punto este Gran Cuento es poderoso que inevitablemente se nos impone la ilusión de que en la figura de Espartaco crucificado, vencieron los esclavos, de que el final de las guerras médicas es el principio de un nuevo mundo y de que nuestros abuelos republicanos no lucharon en vano”.

Ojalá este proceso que desea verse en hermanamiento con lo que vivimos en las plazas no
recurra a este “Gran Cuento”, que esconde que el triunfo de los pequeños, de David, sólo ilustra la derrota moral de los vencedores (o “la mínima derrota de los poderosos” o “el triunfo insuficiente de los débiles”). Coupat y cía. dicen que “si las elecciones son desde hace dos buenos siglos el instrumento más socorrido, después del ejército, para hacer callar a las insurrecciones, es sin duda porque los insurrectos nunca son mayoría”. Pero el Comité Invisible del 2015 ya no es el del 2007 y reconoce que en la “conspiración difusa” a la que ellos también pertenecen (o pertenecieron antes de presentarse a cara descubierta en las librerías de aquí y allá) “reina la mayor confusión” y su partido (recuérdese, el Partido Imaginario) “por todas partes se tropieza con su propia herencia ideológica: se engancha a los pies de todo un armazón de tradiciones revolucionarias derrotadas y difuntas, pero que exigen respeto”.

Las insurrecciones llegaron pero no las revoluciones: “hemos sido despojados de la revolución como proceso”, admiten al comienzo de su último panfleto y es importante realizarse la pregunta sobre cómo mantenernos fiel a ellas “sin separarnos, construyendo eso mismo que, a partir de ese momento, faltaba en nuestra vida de antes”

Los revolucionarios no tienen que convertir a la ‘población’ desde la exterioridad vacía de no se sabe qué ‘proyecto de sociedad’. Tienen que partir más bien de su propia presencia, de los lugares que habitan, de los territorios que le son familiares, de los vínculos que los unen a lo que se trama a su alrededor. La vida es el lugar desde donde emanan la identificación del enemigo, las estrategias y las tácticas eficaces, y no desde una profesión de fe previa. La lógica del incremento de potencia, he ahí todo lo que se puede oponer a la lógica de la toma de poder. Habitar plenamente, he ahí todo lo que se puede oponer al paradigma del gobierno. Uno bien puede lanzarse sobre el aparato de Estado; pero si el terreno ganado no se llena inmediatamente con una vida nueva, el gobierno terminará por volver […] Quizá no haya una sociedad que destruir ni que convencer: quizá esta ficción nacida a finales del siglo XVIII y que ocupó tanto a revolucionarios como a gobernantes durante dos siglos, ha entregado su último aliento sin que nos diéramos cuenta.

Habrá que preguntarse cómo podría convenirse una política con el niño, con lo que ya hace o dice la vida en infancia (aunque parezca no decir o querer decir absolutamente nada) distinta a la de los procesos políticos de hoy que han recurrido a su figura para ilustrar la toma del poder institucional, el acceso al gobierno, política que tan ajena es al niño. Quizá su compañía nos emplaza a otro sueño.

En el juego de mandar y obedecer, de ‘ir tras’ o ‘huir de’, pronto todos los niños se mueren de aburrimiento y siempre llega el momento de inventir los términos del juego…

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Un voto por mí es un voto para la revolución. Betty “Zaria” Andrews, candidata yippie en 1970 a las elecciones municipales de Vancouver.
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